Mas asumir la lógica del proceso creativo
como una suerte de festividad banal que no produce,
es una fantasía jiji; que bien podría fortalecer los lazos afectivos,
pero anti-hegemónica no es, llegando incluso a sentirse complaciente.
Emma
nuel Zuñiga.
Ante la cooptación de mi trabajo entero,
ahora estoy tratando otra escapatoria: dejar de producir. Irme por la sombra.
Y aun ese silencio es un cliché (desde Sócrates hasta Juan Rulfo, blablabla).
No queda de otra más que seguir dándole vuelta al torniquete.
Esteban Mora.
Ayer por la tarde almorcé con Emmanuel Zuñiga y esta frase me entrega de inmediato a una escritura testimonial que detesto. La conversación la resumo en un corolario sin coronas: escribir, aunque de nada valga. Lo necesario es escribir, detenerse; no meter las manos en la masa, sino sacrificar la masa para dispersarla en escritura. De tal modo, tal vez suframos pronto de una verborragia (dios nos oiga), porque no sabemos detenernos, hablamos hasta por lo codos. Sin embargo, es todo habladuría y la habladuría no hace más que contribuir al incesante murmullo de lo Uno.
A mí parecer, el discurso sobre el arte que comienza y termina con la estética (y al cual yo contribuyo); no hace más que estabilizar la opinión y mantenernos a salvo de la miseria absoluta de nuestras vidas. Mientras sigamos fabricando cositas a medias y nos entreguemos a la más mediocre de las impotencias, nada va a cambiar. Esa impotencia quejosa, que supura por todas partes una sóla verdad: arte, no-arte, anti-arte, es todo estética, a saber; entretenimiento en familia, humanismo fracasado, subjetivismo terco. La enfermedad del arte se llama Estética (y estoy siendo lo más radical posible). Nuestro mundo consiste en una estetización continua del aburrimiento generalizado y cada quien estetiza como puede.
[No obstante, lo que nos parece imposible es dejar de estetizarlo todo y recluirnos, exiliarnos a un desierto facticio que nos permita re-pensar la obra. Sí, la obra. No el artista, ni el público, ni el sistema del arte, ni la industria de la cultura, ni el mundo museal, ni los procedimientos, técnicas o medios. Nada de eso, sino la obra]
Dejar de hacer sería entonces dejar de decir que hemos dejado de hacer, dejar de hacer sería dejar de mostrar(nos) y exhibir(nos). En suma, dejar de hacer sería hacer silencio, es decir; producir silencio: un agujero que nos permita respirar. Callarnos, olvidarnos de nosotros mismos, de todo el barullo que nos circunda y descender en la muerte del arte, vivir esa muerte y no llenarla con falsos simulacros de vida, con consuelos y arrullos estéticos. Que no se confunda el mutismo con una bandera blanca; se trata de una retirada del escenario para finalmente entrar en la escena: la búsqueda incesante de sentido, la puesta en espera de la obra. Y ustedes dirán ¿No es este batallón del descenso un simple puñado de ilusos, ebrios de nostalgia, que sueñan con un pasado mejor? Tal vez. Pero al menos seamos éticos y hagamos de la impotencia un silencio poderoso, no un catalizador de porquería. De hecho, cortar la estética de raíz implica entregarnos a una sóla pregunta de riesgo supremo y bochornosa solemnidad: ¿Cómo habitar de otro modo la banalidad del mismo mundo? Así, dejar de sudar nada por los poros, dejar de hablar de caídas obvias (¡estamos arrojados por el arrojo!) y hacer del arte la mísera parcela del sentido, el sí trágico a los juegos divinos.
Cada miembro de la comunidad no es solamente toda la comunidad, sino la encarnación violenta, disparatada, estallada, impotente, del conjunto de seres que, al tender a existir íntegramente, tienen como corolario la nada en que ellos de antemano ya han caído. (Maurice Blanchot, LCI, 41)
