martes, 8 de octubre de 2019

Disfunción fingida y otros ensayos




  1.  (Contrapunto y Saturación)


El mundo se evapora hacia la permanente no condensación del arte. El punto muerto es la ausencia de contrapunto. Ahí, cuando se mira una imagen y esta no devuelve nada, siquiera provoca reacción alguna, es obvio; nos enfrentamos a un problema. 


“Un aburrimiento por saturación de sobresaltos que, por eso mismo, ya no causan sobresalto alguno. Es el hastío de las imágenes que ya conocemos, la sensación del sobresalto que ahora es imposible”


Entonces, la reacción ante las imágenes -que ahora brilla por su ausencia- parece estar alcanzado un grado cero. Esto se debe a la saturación de signos visuales que se contaminan en todas direcciones. La proliferación ad absurdum de signos, provoca que ya nada cobre relevancia, que nada sea digno de atención y mucho menos de conmoción. Aquí, vale mencionar el concepto de i̷̧̝̫͚̊́̋͂̍n̷̜̲̎̈́̽̒̐̉̇̄͘f̷̳̭͎̫͉̂̔̓͐̓̄̚ḻ̴̥̳̟̖̬̼̞̪̈́̽̕ͅà̸͉͓̊̐c̵̢͎̭̈̓͂́͠ͅi̵̡̖̦͓͔̼̜̿̕ó̷̲̫̹̩̤̞̠͚͇̲̓̆̈́̔͂̽̽̒n̵̗̜̮̹͎͙̘̓͒̈͝ ̵̤̀͐̓̾͐s̷̮̞͍͉͕̹͙̅͜ͅͅḛ̸͍̠̈́͋m̵̧̔̋́͆̂̇i̶͚͔̹̘͐̾̑̈́̾͋͋͛͝ó̵̫͚̰̺̹̓̄̏͑̓̊͋̚͝t̷̢̼̹͖͉̹͚͋į̵̙̟̳̱̪̙̣̯͐̅c̷̤̗̗̰̜͇͓̳͎̑̽̽̅a̸̮̝͉̹͂͂̽̑̉͝ tal como lo reporta el filósofo Bifo Berardi: “La inflación semiótica implica que una mayor cantidad de signos genera cada vez menos significado. La inflación semiótica puede ser descrita como un exceso de signos que abruma la atención consciente hasta romper el vínculo entre signo y referente”. (2017, p. 132). Es allí en donde estamos: desvinculados por la saturación de estímulos. La imagosfera, a saber; el conjunto de todos los productos visuales que revolotean entorno a la experiencia humana, se debate entre dos posibilidades... ¿Será mejor imaginarla como un cúmulo amorfo o como un punto muerto sobre una superficie blanca? Ahora, trataré de abordar esta y otras cuestiones mediante la exposición: Las ganas de no hacer nada y la terrible necedad de seguir haciendo. Esta muestra fue curada por Kenneth Coronado y Roger Muñoz en el espacio Subsuelo.


  1. (El éxtasis de no poder hacer nada y la terrible necesidad de reflectar el caos)


Antes de realizar la valoración puntual de la obras -(qué es esto ¿el gremlin de la escritura académica?)- realizaré algunos apuntes sobre el éxtasis. Sin duda, en algún remoto pasado cuando menos un sujeto experimentó el éxtasis frente a una obra artística. De hecho, es el aburrimiento bajo el aspecto de la pereza, lo que ahora me impide buscar un ejemplo histórico que haya sido documentado. Simplemente daré el hecho por supuesto. No sé, imagino a un joven frente a una escultura de Bernini entrando en éxtasis y sacudiéndose con todo el pathosformel que ese encuentro implicaría. Actualmente, sería muy raro que alguien entrase en éxtasis frente a la obra de Esteban Mora, Daniela Sánchez o Indio Guitzu. Esto último, precisamente porque el éxtasis lo sufre la imagosfera en su totalidad y con ella, nuestros ojos son éxtasis perpetuo: “El éxtasis es la cualidad propia de todo cuerpo que gira sobre sí mismo hasta la pérdida de sentido y que resplandece entonces en su forma pura y vacía.” (Jean Baudrillard, 2000, p.6). El éxtasis de la inflación semiótica ha causado que el arte se funda con el resto de productos visuales hasta formar una unidad indiscernible, una esfera en su forma pura y vacía; un punto blanco sobre una superficie blanca… Es lo mismo el exceso que no deja ver, que el punto mínimo que no se ve. 


“Si la saturación nos anestesia o nos acostumbra a ese sobresalto, entonces parece que ya no es el maximalismo lo que puede causar un contrapunto, sino la sustracción o la desaparición completa de la producción artística”.


No creo que sea la desaparición completa de la producción artística lo que pueda causar un contrapunto, creo, más bien, que es la representación reflexiva y consciente de la condición actual de la imagosfera, de su saturación. Es decir; lo que puede causar un auténtico contrapunto es una representación que resista su desaparición extática como imágen entre las imágenes. Sería un alivio, claro está, poder dejar de hacer arte, pero el arte se ha convertido en el único mecanismo que puede dar cuenta de lo que acontece en nuestra simulación cotidiana, es la única forma de dar sentido crítico al caos de las imágenes. Allí donde el sujeto-artífice no quiere hacer nada -está completamente drenado- siente la necesidad de hacer algo con el bombardeo de imágenes al que está expuesto, súbitamente, lo domina un extraño imperativo de poner orden, aunque sea reflejando el caos, induciendo la simulación o para-odiando el Arte. En ese sentido, es cierto, no basta con el ciberbarroquismo, no basta con el camp o el kitsch, no basta con el gesto directo del maximalismo. Pero tampoco basta con su extremo opuesto; el hiperminimalismo, el punto blanco sobre blanco, ni con la ilusa desaparición de lo artístico. Lo único que basta es la continua experimentación del deseo reflexivo aplicado sobre el indiferente mundo de las imágenes. Cuando todo es arte, se llega al fín del arte y en adelante lo difícil es darle muerte a ese final. Por eso, la fácil salida de presentar un producto estético como no-estético (el arte como no-arte) no resuelve nada. Creo que lo más plausible es pensar el arte contemporáneo que se inscribe en estos movimientos reflexivos como arte y listo. arte, eso sí, entendido del siguiente modo; un producto visual que logra -antecedido por un procedimiento deseante y reflexivo de un sujeto-artífice- evitar ser fagocitado por la imagosfera y además reflejar en algo el estado actual de ésta: su saturación, su forma absurda. En pocas palabras, el arte es aquello que logra falsear o develar el caos de las imágenes, logra captar la atención y con suerte producir una reacción reflexiva en el espectador. Con esto no excluyo que arte pueda ser simultáneamente otra cosa, pero me interesa por ahora definirlo así. En un mundo estetizado por completo creo que el arte debería cumplir esta función; interpelar al sujeto de la experiencia estética totalizante, al sujeto del éxtasis, para que éste vuelva a ver. Entonces, no se trata de salvaguardar un campo autónomo para el arte, sino simplemente de aceptar que no todo producto visual posee la potencia crítica y reflexiva de lo que aquí llamo arte.  


“Es como fingir su propia muerte”.


Disfunción fingida. Dice Baudrillard: “La paradoja ha llegado al límite. Florecen entonces todas las formas «rotas» de animación, de creatividad y de expresión….”. (p. 61). Flores digitales que brotan de la maleza abrumadora como intentos por diferenciarse en esa superficie indiferente y caótica de la imagosfera. Entonces, ¿No será el arte contemporáneo un perpetuo ensayar y fingir su propia muerte?  ¿No será el último acto irreverente y vanguardista decir que no hay más acto irreverente y vanguardista posible? Bajo este estado de la cuestión, no sé muy bien de qué manera acercarme a las obras de los tres artistas implicados en Las ganas de no hacer nada y la terrible necedad de seguir haciendo. Sin embargo, de primera entrada, me parecen obras que se ubican precisamente dentro de ese movimiento reflexivo de presentarnos el caos de la imagosfera, de simular sus desvaríos, de parodiar sus excesos y consecuencias. Además, me parecen obras que han superado la mera cita paródica a la historia del arte y han hecho un arte sin historia. En todo caso, una fingida disfunción, sí, pero con potencia crítica.  


  1. (El Indio Guitzu ataca)


En las cloacas menores de YouTube es posible encontrar el canal del Indio Guitzu (99 suscriptores, casi 100, ¡felicidades compatriota!). Así, he tenido la posibilidad de volver a ver sus animaciones digitales, mismas que los curadores de Subsuelo exhibieron en la exposición que nos convoca. Humor de píxel. Humor negro en tonos chillones. Eso es lo que nos presenta Indio Guitzu en su mundo, mundo en el cual una sorna caricaturesca domina a los personajes. La fantasía se desborda, se desquicia, dando paso, ya no a bestiarios o a panteones, sino a un extravagante elenco de animalejos inestables, incluyendo al animal humano. Los videitos del Indio se inscriben en un ambiente donde avatares y escenarios proliferan replicando el absurdo, ese absurdo provocado por la saturación de la imagosfera. La publicidad, lo bastardo, lo folklórico, lo kitsch, lo hilarante y lo cruel se unen en una serie que procura inducir confusión y replicar en una sola descarga toda la esquizofrenia capitalista. El carnaval de la política y la identidad ilusa del tico tampoco escapan al arte del Indio. 
Muriliki, le dice a su caballo: “No no, de nada te servirá hacerte el muerto…”. El vaporoso y solemne poema 15 de Neruda recitado por un gato en la voz del propio Indio.  Tres pollos pipasa bailando al ritmo macabro de su canción publicitaria, por cierto, pegajosa hasta decir basta la maldita. En realidad, todo está lleno de esas cancioncitas populares que todos han oído y cantado en secreto (aunque sea en el inconsciente: que, según O.L, “está estructurado como un chiste”). Pero en mi opinión, la joya del Indio, es el video que lleva por título: arte en tiempo real.







Este lapsus de 101 segundos de duración condensa todo el arsenal que el Indio Guitzu posee. ¿arte en tiempo real? Al ritmo del beatbox un hombre se pasea en su bicicleta por una plaza digital. La bicicleta lleva adosado un artefacto color rosa en su parte delantera. Posteriormente, observamos que la bicicleta pedalea por su cuenta hasta detenerse al lado de una fuente. De pronto, nos percatamos que dentro del artefacto, una pantalla muestra el show callejero de un ventrílocuo en el centro de San José. La audiencia la constituye una pandilla de animales bípedos que observan silenciosamente ¿LA REALIDAD?. Esto es lo que me consterna: la capacidad que tiene el video para relativizar la realidad al insertarla en la ficción... o viceversa. Así, el Indio logra cuestionar el estatuto de la realidad a la vez que realiza una compleja inversión sobre el arte en cuál tiempo y cuál espacio. La simulación puesta en escena y la escena puesta en crisis. 


  1. (¡Qué sexy el holograma de Melissa Mora, qué rico chuparle el tercer ojo!)




Daniela Sánchez presentó en Subsuelo una serie de imágenes, que combinan el diseño digital y la intervención digital de fotografías. No he podido encontrar las obras -que si mal no recuerdo- eran una especie de estructuras escultóricas, pero de memoria en realidad no sabría describirlas. Lo que sí encontré fueron las obras que presentan el cuerpo de Melissa Mora estampado sobre latas, sombreros y superficies difusas. Melissa Mora: la farándula hecha carne y la carne hecha farándula. La cantante y modelo costarricense aparece con tres, cuatro y hasta cinco ojos en el rostro y en ocasiones vestida de holograma. Estas intervenciones de Sánchez sobre un ícono de la cultura popular dan la impresión de que buscan elevar a Melissa al estatus de una diosa. Una diosa que pertenece a la mitología popular y es símbolo de la fama, el deseo y la buena imágen. No olvidemos el mítico pleito de Melissa Mora y Bryan Ganoza en el mítico programa de televisión Combate; como si se tratase de una lucha entre divinidades clancas de esta isla paraíso. Ahora, no sé si se trate de reivindicación, parodia, repudio o falsete, pero definitivamente el gesto de Sánchez suscita la reflexión entorno a los íconos, los imaginarios populares, el poder devorador de lo digital y la manipulación-distorsión de las imágenes. 

  1. (No pienso nada, no siento nada, no quiero nada)





-björklund, punto de poder (zeitgeist científico diario). Lo primero a destacar en esta peliculilla casera de Esteban Mora es el ruidismo de fondo. Luego, un celular de tamaño ridículo que lleva el hastío impregnado en la lente. También, el espejito para el maquillaje que devuelve la imagen de una especie de hikikomori occidental, que ha cambiado los videojuegos por una serie pictórica que no le produce nada y que usa como excusa para desplegar una reflexión hiperteórica. Puro name-dropping (eso me gusta), pues a punta de referencias parciales a filósofos, antropólogos, historiadores, artistas y otros intelectuales de resonancia, Mora se las arregla para no comunicar nada. Al perecer la saturación domina todos los signos y todos los discursos, la hipertrofia de seguir pensando los mismos objetos con los mismo cerebros. Las disciplinas se adjetivan, se entrecruzan, se hacen un lío inextricable. Conforme se drenan los abscesos aparecen otros más resistentes y luego el éxtasis que lo vacía todo. Más adelante, el recluso se pregunta “¿y cuál poesía nos va a pegar un susto o un salto del corazón?” esta pregunta me trae a la memoria al marqués de Sebregondi, el difuso personaje de Osvaldo Lamborghini que confesaba: “Ya no hay poesía que me espante”. Se trata de una pregunta y una confesión sintomáticas. Parece que conforme disminuye la potencia de las imágenes para crear una reacción en el sujeto el sujeto debe recurrir a imágenes cada vez más fuertes, impactantes, violentas, perversas, gamberras. Nos acercamos al grado 0, al grado de absoluta impotencia de las imagénes para causarnos conmoción. Nuevamente encontramos aquí las consecuencias de la saturación de la imagosfera. Por su parte, ni que decir de la poesía y la escritura que parecen ya haber alcanzado su obsolescencia en ese sentido. ¿Y cuando ya nada nos perturbe y cuando el arte no logre escapar a la fagia viral de la caótica imagosfera?¿Qué será de nosotros?








  1. (Se cierra el telón)


Puede parecer truculento presentar productos artísticos como no-artísticos o decir que no hay más gesto ruptural posible como gesto ruptural efectivo y todos esos juegos del lenguaje. Aún así, no se puede negar la perspicacia de los organizadores del espacio (por reunir estas obras y ponerlas en función) y de los artistas (por hacer un arte sin tanta historia, por incidir simultáneamente en la realidad y la ficción, por fingir la muerte del arte en clave crítica). A fin de cuentas, cuando se cierra el telón, el mundillo del Arte se cae y nosotros nos caemos con él. Lo cierto; en la simulación cotidiana quienes se interesan por experimentar con la mentira somos el subsuelo, la dimensión de los tramposos, los estafadores y los tontos ambulantes. 



$$$ Fotografías: capturas de pantalla, Subsuelo, Paula Rodríguez.

El texto en bastardillas, entrecomillado y separado del cuerpo pertenece a los curadores de la muestra: Las ganas de no hacer nada y la terrible necedad de seguir haciendo (2019) Subsuelo

-Baudrillard, J. (2000). Las estrategias fatales. Traducción de Joaquim Jordá. Sexta Edición. Barcelona: Anagrama.

-Berardi, F. (2017). Fenomenología del fin: sensibilidad y mutación conectiva. Buenos Aires: Caja Negra Editores.


Arte en tiempo real, Indio Guitzu: https://www.youtube.com/watch?v=EhgFd9pC8HM


björklund, punto de poder (zeitgeist científico diario), Esteban Mora: 

https://www.youtube.com/watch?v=efANCyRwCqc&t=12s




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